Elvis ha abandonado el edificio

Elvis-has-left-the-building-dvd-cover-2004Aunque el verano se marchaba, era una de esas mañanas en las que el sol calienta los pocos grados de humanidad de una muchedumbre empeñada en continuar un día más con sus rutinarias vidas.

Septiembre en la capital y Laura tiene que volver a la oficina. Puso la alarma del móvil para el día siguiente a las 11:45. “Cumpleaños de Alejandra” anotó.

Se levantó de la silla en la terraza del café y sus ojos aterrizaron sobre un libro que el chico que salía por la puerta se dejaba olvidado. Lo cogió y fue tras él. No le había visto la cara pero su espalda estuvo ante sus ojos aquella agradable media hora.

“¡Perdona!”, dijo lo suficientemente alto para que él se girara y poder ponerle cara a aquella magnífica trastienda.

“¿Qué?” Laura enmudeció, unos increíbles ojos verdes enmarcados en el castaño de unos rizos de eterno colegial desarmaron su poca autoestima.

“Perdona…”, repitió mientras su cerebro se colapsaba mirando los hipnotizantes y carnosos labios.

“Dime”, repitió él. Frío, seco.

“Te has dejado el libro en la cafetería” dijo extendiendo el brazo.

“Es tuyo, yo ya he acabado con él”, contestó el joven zanjando la conversación.

“¿Mío?”, preguntó Laura notando cómo sus mejillas se calentaban alcanzando el grado de cocción.

“Sí, ya no lo necesito, quédate con el puto libro y desaparece” contestó alejándose.

Laura se quedó absorta mirando cómo se iba. Era un imbécil, ¡pero escandalosamente guapo!

Se marchó con un sabor agridulce. Era el chico más sexy con el que había hablado jamás y también el más gilipollas. Se rió de su propia estupidez mientras giraba la llave del despacho.

“VUELTA DE ROSCA” se titulaba. Lo abrió por una hoja al azar y de ella cayó un papel:
“Claudio Coello, 23, 5º derecha. Viernes 12 septiembre, 11:30”. Rezaba.
“¡Si ese es el portal de mi fisio! Con lo grande que es Madrid…”. Pensó en voz alta.

Por detrás de la nota, una frase: “Elvis ha abandonado el edificio”.

Laura era de esas personas que de cualquier pequeñez hace una historia. Se pasó la mañana imaginándose al lector de ojos verdes en el piso de Claudio Coello con una morena despampanante que había dado esquinazo a su marido.
O con una vieja compañera de instituto, celebrando entre sábanas su reencuentro.
O quizá fuera un amigo el de las sábanas…

¿Por qué aquella historia siempre terminaba en la cama? Pensó riendo. “Mañana es viernes 12… No, no. No estoy tan loca…”.

Amaneció el viernes y Laura eligió un vestido algo impropio y descarado para el despacho. “A lo mejor sólo tiene cita con el médico…” Se repetía en un vano intento de quitarse la idea de la cabeza.

Eran las 10:30, sólo quedaba una hora para la supuesta cita en la dirección de la nota. Empezó a desechar el plan de hacerse la encontradiza. “Por dios, Laura”, se repetía, “sólo le has visto una vez en tu vida y fue un borde”. Aún así cogió su  bolso y puso rumbo a la dirección de la nota. Tenía una corazonada y estaba muy cerca de allí.

Se plantó en la calle Claudio Coello. El portal 23, tan familiar para ella, estaba abierto. Delante de la puerta un cubo con una fregona. El conserje no debía andar lejos. Subió al 5º. Esperaría en el rellano de la escalera y cuando le viera, bajaría y se haría la encontradiza, su fisio estaba dos pisos más arriba, esa sería su excusa. ¡Era un plan perfecto¡.
Las 11:25.

Laura esperaba sentada en el tramo de escaleras que conducen del quinto al sexto. Estaba nerviosa. Apagó su móvil. Se mordió las uñas. El viejo ascensor se paró en el quinto. Laura se encogió un poco más en su posición. De nuevo aquellas espaldas que dibujaban la perfección.

Él se giró y pudo ver por un instante aquellos espectaculares ojos verdes. Llamó al timbre mientras ella observaba. Un hombre abrió la puerta. Su cara y su intento brusco de cerrar al ver a su visitante, revelaron un intenso terror. El hombre retrocedió unos pasos negando con la cabeza.

El chico de ojos verdes le empujó y allí mismo le apuñaló en el corazón.

Laura se quedó sin respiración. Se tapó la boca para no gritar. Sus ojos, histéricos, se llenaron de lágrimas. Su corazón retumbaba en su pecho y en sus sienes, buscando un hueco por el que escapar.

El asesino cogió su móvil y marcó: “Elvis ha abandonado el edificio”, le oyó decir.

Podía verle por una rendija, aterrada. Él hizo una foto del cuerpo y se dirigió hacia el ascensor.

Laura intentó no hacer ningún ruido mientras el asesino de ojos verdes esperaba el elevador. Éste se paró por fin en el quinto. Cuando la puerta se cerraba, el móvil de Laura sonó con estruendo. “¡Pero si lo he apagado!”, pensó histérica mientras lo buscaba en su bolso. Era la alarma. Siempre suena, incluso con el teléfono apagado. “Cumpleaños de Alejandra”.

Sus ojos ya no eran atractivos, helaban. Sus labios ya no eran carnosos, aterraban.
“Por favor, no diré nada”, dijo Laura entre lágrimas.

“Sssshhhh”, contestó él mientras le tendía la mano para ayudarla a levantarse. “Por favor…” suplicaba Laura. El chico de ojos verdes le pasó el brazo firmemente por los hombros dirigiéndose hacia el quinto derecha.

Ella respiró un poco más tranquila, quizá fuera un agente secreto y el muerto un asesino… o tal vez se haya enamorado de mí… Eso siempre pasa en el cine…

Entraron en el piso y el chico de ojos verdes la giró hacia él. “Tienes unos ojos preciosos”, exclamó Laura entre el delirio y la consciencia mientras una bala del 38 penetraba en su sién derecha sin hacer el menor ruido.

Al día siguiente toda la prensa coincidía en un titular:

CRIMEN PASIONAL EN EL BARRIO SALAMANCA
El conserje de la finca ha confirmado que conocía a la joven de verla entrar a menudo en el portal.

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