El silencio de los corderos

Susan se despertó aquella soleada mañana de domingo con una terrible resaca.

Había pasado toda la noche entre copas, risas y reencuentros y lo que menos le apetecía en aquel momento era arreglarse de nuevo para la comida familiar que se celebraba aquella mañana de domingo en honor de la octogenaria y entrañable tía Gladys.

Pero tenía tantas ganas de verla…

La tía Gladys era una interesante mujer. Tía con todos los derechos y sin obligaciones. De las que miman con pasión y sin medida.

Había tenido una vida muy intensa y divertida. Estaba casada con el tío Harry que murió unos años atrás.

Les recuerdo siempre viajando con su inseparable Pepe, un precioso west highland que adoptaron en uno de sus viajes por Europa. En España, creo. De ahí su exótico nombre.

Eran cerca de las doce y la reunión comenzaba a las doce y media, debía apresurarme si quería que mis ojos y mi piel no revelaran ni un secreto de la intensa noche anterior.

No sé por qué la tía Gladys había elegido el restaurante de Brenda, no parecía el más indicado para la ocasión.

Llegué tarde y papá me echó una mirada de reproche que evité de la forma más esquiva que pude. Corrí a sentarme junto a la tía Gladys, hacía tiempo que no la veía y no iba a permitir que ninguna de mis primas me arrebatara el privilegio de escucharla en primera línea.

Me recibió con una enorme sonrisa perfectamente dibujada en rojo. Era la mujer más coqueta y elegante que había conocido. Le di un enorme abrazo y un beso de los de abuela. Me encantaba achucharla y ser su sobrina-nieta favorita.

-¿Qué te han regalado, Gladys?

“Cielo, ya sabes que es de mal gusto abrir los regalos delante de los invitados. Sólo he abierto el regalo del tío Harry. Es una maravillosa pulsera de oro y zafiros”.

– Me alegra que te haya gustado, ¡estás guapísima!.

Sí, el tío Harry había fallecido pero ella seguía comprándose regalos de su parte en cumpleaños, navidades y aniversarios. No estaba loca, sólo le echaba de menos.

Comenzamos la comida y tía Gladys me contó por qué había elegido ese restaurante entre todos los de Carolina del Norte. Dijo que se debía al silencio de los corderos.

No entendí a qué se refería. Ella me hizo levantarme y acercarme hasta la puerta. “Seguramente el murmullo del ron en tu cabeza no te ha dejado observar el cartel que preside la entrada”, me dijo guiñándome un ojo.

Fui hasta allí y al volver, entre risas le pregunté a Gladys si tanto le molestaban esas situaciones.

“Mira cielo, me dijo en su vehemente y habitual tono. Me encantan los niños, pero no soporto a los padres maleducados. Cuando estoy en un restaurante no me gusta que sus retoños griten como corderos degollados, me

estropean la conversación.

Cuando viajo en un avión no soporto que los pequeños lloren como si les fuera la vida en ello; no recuerdo cual fue la primera vez que llamé la atención a unos insoportables padres que escuchaban tranquilamente una película a través de sus auriculares mientras sus pobres criaturitas no dejaban dormir al resto del pasaje…

Hay un momento y un lugar para todo y los pequeños de maleducados padres debían tener su propio espacio, lejos de los que buscamos tranquilidad”.

-Tía, eres un poco radical, ¿no?

“No cariño, hay personas que no están preparadas para ser padres y eso no lo puede regular ninguna ley. A mi me gusta comer en un entorno agradable, descansar en una piscina sin sobresaltos, salpicaduras ni golpes de balón, dormir en un avión cuando me plazca… Tu tío y yo buscamos siempre la tranquilidad y la conseguimos la mayoría de las veces.

¿Sabías que cada vez hay más lugares idílicos en los que reina el silencio y no admiten corderitos de padres maleducados?

Recuerdo la primera vez que fui a un hotel “free child”. Fue en Fiji y resultó tan relajante… Deberías probarlos”.

Fue una comida memorable, tranquila, sin gritos ni sobresaltos.

La tía Gladys nos deleitó con sus anécdotas y todos los corderos se mantuvieron silenciosos en el redil.

Por supuesto que en el restaurante había niños, pero todos los padres estaban muy bien educados…

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2 comentarios to “El silencio de los corderos”

  1. ¡Qué sabiduría la de la tía Gladys! Te aseguro que estoy al cien por ciento de acuerdo con ella. Y eso que tengo una hija pequeña, pero bien que me ocupo de que aprenda a respetar los espacios públicos, porque tampoco soporto a aquellos padres que , en un restaurante, hacen oídos sordos a sus hijos gritones y maleducados, como si no fuera con ellos, mientras el resto de comensales, alucinan observando su pasividad y su negativa a llamarles la atención.
    — ¡Es que no quiero reñirlo en público para que no se traumatice!— decía una, mientras la borde de su hija se dedicaba a destrozar, con total naturalidad, el local.

    Pues, estamos buenos. El problema es ese, que para ser padre o madre, no se exige prepararción alguna, ni hay quien exija un mínimo de coherencia y responsabilidad.

    Es cierto que , desde nuestro punto de vista europeo, esos carteles que ponen los yankees sin ningún pudor, nos llaman la atención. Y lo primero que pensamos es ¡qué fuerte! ¡serán racistas! ¡pobres niños! Y un carajo. Soy madre y yo ya me ocupo de que mi hija no dé la tabarra por ahí, porque a mí tampoco me gusta soportar la tabarra ajena; y la niña no tiene ningún trauma porque no pueda gritar ni romper cosas en un restaurante, ¡qué narices!

    Besos, bella. Espero que sigas disfrutando de tus merecidas vacaciones!

    • Me alegra que como madre entiendas el punto de vista de la tía Gladys!
      La verdad es que yo no puedo opinar de primera mano porque aún no tengo niños y no sé en mis propias carnes lo difícil que debe ser educarlos. Eso sí, tengo una banda de sobrinos que me ayuda a intuirlo.
      Me encantan los niños en dosis mderadas, pero no soporto a esos padres que creen que el que su niño vaya corriendo por el restaurante tirando los bolsos de las sillas y parándose a mirarte como si nunca hubiera visto a una persona utilizar cubiertos es la mayor de las monerías. Y encima te sonríen como diciendo ¿has visto qué ricura?¿no es para comérselo?
      Quizá dentro de unos años esa madre piense ¿por qué no me lo comería? jajaja
      Evidentemente los niños no tienen culpa de nada, son esos padres maleducados los que sobran y es verdad, creo que en Europa nos pasamos con la “tolerancia” (por no llamarlo permisividad o falta de disciplina), bueno yo creo que más bien en España que estamos un poco más asalvajados que el resto de nuestros vecinos…

      Besotes!!!! (aquí sigo tirada en mi tumbona…vuelta y vuelta :))

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