Archivo para septiembre, 2010

Luces de ciudad

Posted in General on 27 septiembre, 2010 by Monica Marful

Érase una vez una preciosa niñita de cinco años llamada Carol.

Carol podía correr y podía saltar, pero no podía oler ni saborear; podía reir y podía gritar, pero nada de olores ni sabores. Pero Carol era una niña muy feliz.

Había nacido con una enfermedad de las denominadas “raras”.  Anosmia congénita, les había dicho el médico a sus padres al nacer.

A pesar de no poder oler las cosas ni las personas ni los alimentos, Carol sabía exáctamente a qué olía y sabía cada cosa persona o alimento. De ello se habían encargado sus padres, Peter y Sandra. Cada noche jugaban con ella a “Olfatear la vida”.

Al principio, Peter y Sandra se tomaron muy mal la enfermedad de su hija, pero ahora se dan cuenta de que en un futuro no muy lejano, ser especial tal vez se convierta en una bendición…

Sandra- Venga Carol, tómate la leche y vamos a la cama.

Carol- ¿Me acuesta papi?

Peter- Sí, bichito, te acuesto yo.

Carol subió las escaleras de la mano de su padre saltando como un conejo.

C- Papi, ¿cómo huelen los conejos?

P- Lávate los dientes y luego olfateamos un poco…

Carol se lavó los dientes, agarró su almohada y se tumbó en su camita mientras su padre la arropaba.

C- ¿Cómo huelen los conejos?

P- Como las ganas de lavarse las manos.

Olfatear la vida era la forma que Peter y Sandra habían encontrado para que la pequeña asociara los olores de las cosas, las personas y los alimentos. La manera para que éstos le agradaran o le desagradaran y así no corriera peligro de ingerir nada que no pueda comerse o, por el contrario, se habituara a ciertos “manjares” infantiles como las verduras y el pescado.

Asociaban cada cosa, persona, alimento o ser vivo a un sentimiento, una vivencia o un estado de ánimo.

C- Las ganas de lavarse las manos… qué olor más raro. Y mi camita, ¿cómo huele?

P- Como un capítulo de Bob Esponja.

C- Mmmmm huele muy bien. Y la pasta de dientes, ¿cómo huelisabe?

P- A ver… pues huelisabe como el viento en la cara en una tarde que está nevando.

C- Uuuuuhhhhh, qué fresqui, fresqui… ¿Y mi perrita Gomi?

P- Como darle un achuchón.

C- ¡Halaaaaaa, qué rico huele! Y, ¿su caca?

P- ¡Puaj! Como el Sr. Smith, el cascarrabias del vecino que tira piedras a su gata cuando se enfada.

C- ¡Aj! ¡Qué mal tiene que oler! ¡Menos mal que me libro de olerlo!. jajaja.

P- ¿Ves?, no todo va a ser malo… 

C- Papi, papi ¿y yo?¿Cómo huelo yo?

P- Tú hueles como acariciar el pelo de mami, darle un achuchón a Gomi, un abrazo de la abuela y un beso de papi todo junto.

Peter se acercó le dió un beso enorme y se levantó para marcharse.

“Mmmmm sí que huelo bien”. Dijo Carol mientras se daba la vuelta en su camita. Al hacerlo se fijó en la farola que había delante de su ventana.

C- Papi, papi. Y la luces de la ciudad, ¿cómo huelen?

P- Cariño, hasta ahora no olían a nada especial, tal vez un poco a ganas de acostarse. Pero mucho me temo que tal vez a partir de ahora huelan como el Sr Smith…

VER VÍDEO – CACAS DE PERRO QUE ILUMINAN – VER VÍDEO

 

N.A.: ¡Me encanta la idea! (Siento no poder insertar directamente el vídeo)

El silencio de los corderos

Posted in General on 14 septiembre, 2010 by Monica Marful

Susan se despertó aquella soleada mañana de domingo con una terrible resaca.

Había pasado toda la noche entre copas, risas y reencuentros y lo que menos le apetecía en aquel momento era arreglarse de nuevo para la comida familiar que se celebraba aquella mañana de domingo en honor de la octogenaria y entrañable tía Gladys.

Pero tenía tantas ganas de verla…

La tía Gladys era una interesante mujer. Tía con todos los derechos y sin obligaciones. De las que miman con pasión y sin medida.

Había tenido una vida muy intensa y divertida. Estaba casada con el tío Harry que murió unos años atrás.

Les recuerdo siempre viajando con su inseparable Pepe, un precioso west highland que adoptaron en uno de sus viajes por Europa. En España, creo. De ahí su exótico nombre.

Eran cerca de las doce y la reunión comenzaba a las doce y media, debía apresurarme si quería que mis ojos y mi piel no revelaran ni un secreto de la intensa noche anterior.

No sé por qué la tía Gladys había elegido el restaurante de Brenda, no parecía el más indicado para la ocasión.

Llegué tarde y papá me echó una mirada de reproche que evité de la forma más esquiva que pude. Corrí a sentarme junto a la tía Gladys, hacía tiempo que no la veía y no iba a permitir que ninguna de mis primas me arrebatara el privilegio de escucharla en primera línea.

Me recibió con una enorme sonrisa perfectamente dibujada en rojo. Era la mujer más coqueta y elegante que había conocido. Le di un enorme abrazo y un beso de los de abuela. Me encantaba achucharla y ser su sobrina-nieta favorita.

-¿Qué te han regalado, Gladys?

“Cielo, ya sabes que es de mal gusto abrir los regalos delante de los invitados. Sólo he abierto el regalo del tío Harry. Es una maravillosa pulsera de oro y zafiros”.

– Me alegra que te haya gustado, ¡estás guapísima!.

Sí, el tío Harry había fallecido pero ella seguía comprándose regalos de su parte en cumpleaños, navidades y aniversarios. No estaba loca, sólo le echaba de menos.

Comenzamos la comida y tía Gladys me contó por qué había elegido ese restaurante entre todos los de Carolina del Norte. Dijo que se debía al silencio de los corderos.

No entendí a qué se refería. Ella me hizo levantarme y acercarme hasta la puerta. “Seguramente el murmullo del ron en tu cabeza no te ha dejado observar el cartel que preside la entrada”, me dijo guiñándome un ojo.

Fui hasta allí y al volver, entre risas le pregunté a Gladys si tanto le molestaban esas situaciones.

“Mira cielo, me dijo en su vehemente y habitual tono. Me encantan los niños, pero no soporto a los padres maleducados. Cuando estoy en un restaurante no me gusta que sus retoños griten como corderos degollados, me

estropean la conversación.

Cuando viajo en un avión no soporto que los pequeños lloren como si les fuera la vida en ello; no recuerdo cual fue la primera vez que llamé la atención a unos insoportables padres que escuchaban tranquilamente una película a través de sus auriculares mientras sus pobres criaturitas no dejaban dormir al resto del pasaje…

Hay un momento y un lugar para todo y los pequeños de maleducados padres debían tener su propio espacio, lejos de los que buscamos tranquilidad”.

-Tía, eres un poco radical, ¿no?

“No cariño, hay personas que no están preparadas para ser padres y eso no lo puede regular ninguna ley. A mi me gusta comer en un entorno agradable, descansar en una piscina sin sobresaltos, salpicaduras ni golpes de balón, dormir en un avión cuando me plazca… Tu tío y yo buscamos siempre la tranquilidad y la conseguimos la mayoría de las veces.

¿Sabías que cada vez hay más lugares idílicos en los que reina el silencio y no admiten corderitos de padres maleducados?

Recuerdo la primera vez que fui a un hotel “free child”. Fue en Fiji y resultó tan relajante… Deberías probarlos”.

Fue una comida memorable, tranquila, sin gritos ni sobresaltos.

La tía Gladys nos deleitó con sus anécdotas y todos los corderos se mantuvieron silenciosos en el redil.

Por supuesto que en el restaurante había niños, pero todos los padres estaban muy bien educados…

Evasión o victoria

Posted in General on 1 septiembre, 2010 by Monica Marful

Mis pesados párpados luchan por permanecer sesteando mientras mi garganta y mis labios, desesperados, les piden a gritos que apuren, que se levanten, que no se demoren, que permitan a mis ojos vislumbrar el camino que guíe a mis piernas allá donde mis brazos puedan acercar a  mis manos hasta la botella de agua fría que descansa ajena en el interior de la nevera y saciar así la tremenda sed de una pesada siesta de arroz, sol y tinto de verano.

Otra larga, cálida y añorada tarde de asueto y la cocina está tan lejos…

Mi cerebro, recalentado durante un reposo no programado a la brisa del Mediterráneo, tal vez animado por el murmullo que llega desde la radio que, incansable como cada domingo, se empeña en informarme de los goles, resultados, faltas, tarjetas y expulsiones, recuerda imágenes inconexas de Sylvester Stallone y Michael Caine luchando por su vida, su libertad, su honor…

Evasión o victoria, recuerdo el título de la vieja película.

Me gustó.

Quiero volver a verla.

Evasión o victoria. ¿Es que acaso es preciso elegir?

No para mí, no en este momento en el que, tras un verano evadida de mí misma, metida de lleno en otro papel, me encuentro saboreando el triunfo y recogiendo el premio de tremenda evasión: este merecido descanso.

Mi larga evasión ha supuesto una victoria.

Esbozo una sonrisa aún en la tumbona, mis párpados deciden hacer oídos sordos y continuar cerrados, mi garganta traga saliva consciente de que de momento no conseguirá nada más refrescante; mi lengua echa un cable a los labios y los humedece. Mi cuerpo se acomoda, suspiro y, adormecida por el lujo de una tarde de septiembre bañada por el sol, vuelvo a saborear el dulce momento de mi evasión y mi victoria.

¡De vuelta en mí!