Los jueves, milagro

 

No encontraba una manera mejor de terminar ese triste día, así que se puso su abrigo ante el espejo del recibidor, cogió el bolso y cerró la puerta tras de sí.

El domingo fue su cumpleaños y había pasado un día fantástico en casa de su sobrina Sofía. Esa niña era un amor. Había sido el número 72. Setenta y dos noviembres y su mente seguía tan viva como si tuviera 25. Así lo sentía ella y así la veían los demás.

Como cada jueves, a eso de las 6 de la tarde, acudía a la Plaza de San Juan de la Cruz y se sentaba en su banco con un libro. Aquella tarde no llevaba libro, sólo una rosa amarilla.

Habían sido unas tardes maravillosas, pero todo se había terminado. Durante los últimos tres años, cada tarde de jueves, José Luis llegaba unos minutos después que ella y allí se sentaban de tertulia, en su banco, recordando tiempos que si no mejores, eran seguro añorados.

“Es por la juventud”, decía él. “No se extraña un acontecimiento, si no la edad que tenías cuando este ocurrió”, afirmaba con su inconfundible tono.

Le conoció una soleada tarde de mayo. Era jueves. Ella llevaba un precioso vestido azul.

En el barrio todo el mundo coincidía en que era un señor muy malhumorado pero a ella siempre le pareció adorable. Lucía sabía que aquellas personas que parecen estar siempre enfadadas no encierran si no la necesidad de que alguien las trate con cariño. Y ella de eso sabía un rato. Era una mujer muy dulce.

Aquel ya lejano jueves de mayo Lucía leía sentada en su banco de la madrileña plaza. Él se sentó a su lado, muy galante la miró y se levantó el sombrero inclinando la cabeza:

– “Buenas tardes, señora. ¿Le importa que me siente?”

– “Buenas tardes. No, por favor”

-“Se está muy agradable aquí, parece que el sol le calienta a uno el alma”

-“Sí”, dijo ella levantando la vista de su libro y mirándole por primera vez.

Le sonrió. Él le correspondió.

-” José luis, divorciado”. Le dijo muy cortés tendiéndole la mano.

-“Lucía, soltera”. Respondió ella con una enorme sonrisa.

“¡Mi querida señorita! Le besó la mano. “Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo…”

– “¡Qué cosas dice usted”, dijo riendo. “Parece salido de una película de Forqué”

– “Ha dado usted en el clavo, Muchacha de azul. Es uno de los textos de Atraco a las Tres, para ser más exactos”.

– “Lo sé. Qué buen cine se hacía antes. Mi sobrina Lucía, que se licenció en imagen y sonido, siempre se queja de que en la facultad no se estudien las películas de los grandes directores españoles. Sin embargo, le hicieron tragarse un ciclo de Vicente Aranda. Dice que sólo le hizo falta ver la primera película para no volver a esa clase. ¡La muchacha de las bragas de oro!, se titulaba. Con perdón”

– “Yo a usted le perdono lo que haga falta, porque se ve que es usted Una gran Señora y de una Gran Familia. No como esos Económicamente débiles . Y mentalmente débiles diría yo. Los Tramposos que se dedican a hacer basura a lo que llaman cine… ¡los muy chupagomas, melenudos, altos, ye-yés…! Directores y guioistas como Forqué, Berlanga, Dibildos, José Luis Ozores, Sáenz de Heredia… ya no los hay”.

– “Bueno, bueno no se enfade usted, José Luis…”

– “Si no me enfado, hija, pero lo que tiene que aguantar uno…”

Estuvieron charlando toda la tarde sobre cine y desde entonces cada jueves a eso de las 6 se encontraban en el banco de la Plaza de San Juan de la Cruz e iniciaban una casi siempre divertida tertulia. José Luis le contaba anécdotas de los rodajes: El fotogénico, El Astronauta, El aprendiz de malo, Plácido, Tres de la Cruz Roja, Usted puede ser un asesino, El pisito, Operación Cabaretera, Sor Citroen, Novios 68, El turismo es un gran invento, Venta por pisos… ¡Más de 200, que se dice pronto!

Ella reía con sus historias y recordaba célebres frases que él repetía para su regocijo:

-“Guapa, a mí me llaman el gripe… ¡por lo mucho que me pego!”

Le contó su experiencia con La Cabina y cómo se divirtió en el rodaje de El Oro de Moscú, según él un rayito de esperanza en el cine español.

Esperaba toda la semana impaciente para que llegara la cita que ellos denominaban Los jueves, milagro. Porque había sido un verdadero placer encontrarse. Era muy reconfortante para los dos.

Estuvo un ratito sentada en el banco. Nostálgica depositó la rosa sobre él. Hoy es jueves, 5 de noviembre y desgraciadamente no habrá milagro.

In Memoriam

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4 comentarios to “Los jueves, milagro”

  1. Que grande Padrino Búfalo! Buenísimos los enlaces
    Besos

  2. Simplemente “maravilloso”. Besos

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