La Gata Sobre el Tejado de Zinc: 1.200€. (Primera Parte)

LA GATADesde las siete de la mañana en que para Gabriel amaneció ese fatídico diecisiete de enero, todo había ocurrido a un ritmo frenético, exageradamente frenético hasta para un tipo nervioso e inquieto como él.

         El teléfono le había despertado veinte minutos antes de que lo hiciera, como cada día el “Every Morning” de Sugar Ray que desde su móvil sonaba agradable a modo de despertador. Lo que ya le sacó de quicio desde primera hora de la mañana.

         Después del gran sobresalto que supone este alarmante despertar, la desesperación añadida de toparse al otro lado del terminal, con la impersonal voz de una máquina que siendo todo lo amable que una voz enlatada puede ni siquiera pretender, le decía: “un momento, por favor”.

       Esperó paciente aquel “momento” con los ojos cerrados y el cerebro aún en “stand by” para escuchar seguidamente la musical voz de una señorita venezolana que muy amablemente, le consultaba si deseaba cambiarse de operador telefónico.

Gabriel no supo si mandarle a tomar vientos o simplemente dejarse acunar suavemente por la sensual y melódica voz de su amable e inesperada interlocutora que, poco a poco iba apaciguando los acelerados compases de su corazón respuesta a tamaño sobresalto telefónico.

No le quedó más remedio que adelantar diez minutos su ritual mañanero, lo que ya era para él y cualquier persona cabal, comenzar el día con el pie izquierdo. Aún así no pudo evitar como siempre, salir tarde de casa. Se acercó a coger el coche y al llegar, contrariado descubrió que no llevaba las llaves, así que, muy a su pesar, tuvo que dar media vuelta y volver a casa, tres calles más arriba.

Aquel espantoso frío le cortaba la cara un poquito más de lo que ya lo habían hecho esa mañana su torpeza en coalición con la cuchilla de afeitar.

Por fin entró en el coche, que estaba congelado y lo arrancó. Recorrió las seis calles que le separaban de la autovía de circunvalación y al coger el carril de incorporación, allí estaba, fiel como cada mañana, su atasco de las ocho treinta.

Aguantó con paciencia y como cada día, llegó a la oficina tan hastiado y agotado como si llevara trabajando diez horas seguidas. Se sentó en su puesto y despertó el ordenador, él sí tenía un buen despertar.

Como todos los días abrió la página de El Mundo.es, echó un rápido vistazo a los titulares y devoró alguno de los blogs a los que era asiduo. Dentro de sus rituales, inició también el Messenger, la bandeja de Outlook, Facebook y la intranet de la empresa.

Un mensaje le había llegado a su buzón de correo del Messenger. No conocía al remitente, pero eso era lo más habitual ya que tenía varios anuncios de venta de carteles de cine antiguos. Una colección que le había dejado su padre.No era muy valiosa pero le estaba dando para pagarse algunos extras de poca importancia.

Me han dicho que tienes La Gata, te puedo dar hasta 650. La transacción tiene que ser hoy mismo, si no no hay trato”. No le hizo ninguna gracia que le ofrecieran 650€ por un póster original. Él lo puso bien claro:

La Gata sobre el Tejado de Zinc: 1.200€

        No le gustaba especialmente el cine, pero aquel póster era distinto. Paul Newman era para su madre el mito de los mitos. Su ídolo dorado y aquella peli, su favorita. No estaba dispuesto a venderlo por menos de 900€, aún así contestó al correo: “No puedo rebajar tanto el precio. Comprende que tiene un gran valor sentimental y que es una pieza muy antigua, de todas formas, gracias por tu interés”.

Enseguida recibió respuesta: “Qué cabrón, ¿gran valor sentimental? Estoy dispuesto a subir a 800. Es mi última oferta”.

La conversación se convirtió en instantánea porque Gabriel pensó que era un comprador serio, no uno de esos cotillas que le daban la lata constantemente.

Estoy dispuesto a negociar contigo, pero no bajo de 1.100 porque tú sabes que los vale. Si quieres seguir hablando deberás subir la oferta”

Se sentía seguro de sí mismo porque podía vislumbrar el interés que su cartel había suscitado en aquel comprador.

Estás tensando demasiado el hilo. No juegues conmigo, sabes que te arrepentirías. 950. Esta mi última comunicación. Si te interesa, a las 13 horas estaré en el restaurante de la planta 54 de la Torre Sacyr. Ya sabes las reglas. Tú solo. Nada de tonterías”.

A Gabriel le hizo gracia aquel último comentario tan manido y propio de película de gánsters. No llegaba a los 1.200€ que le había pedido pero era más de lo que le habían dado por los otros dos pósters juntos que había conseguido vender en los siete meses que llevaban puestos los anuncios. Decidió hacerlo.

Eran las 10 y media y todavía tenía que pasarse por casa a recoger el cartel. Entró al despacho de Juan Carlos, su jefe, e improvisó unas olvidadas pruebas visuales en el oftalmólogo. Juan Carlos no desconfió dada la naturaleza despistada de su amigo y subordinado, se tomaron un café juntos, hizo un par de llamadas y a las 11 y media salió de la oficina de nuevo rumbo a su casa.

Se subió al coche y cuando iba a arrancar, una impresionante mujer rubia de treinta y tantos abrió la puerta del copiloto y se montó con él. “Ya era hora. Me estaba muriendo de frío” comentó mientras cerraba la puerta del coche. “Así que eres tú”. “No te imaginaba así. Pensé que eras mayor”. Gabriel estaba tan alucinado que no podía articular palabra. Miraba a aquella mujer como si fuese una aparición y, dadas las circunstancias, no era para menos. “Vamos, arranca”, le espetó ella.

Gabriel no podía hacer otra cosa sino obedecer a aquella escandalosa mujer cuya minifalda aceleraba las pulsaciones de la ciudad. Por fin, con el coche en marcha, reaccionó. “Pero, ¿quién eres tú? y, ¿qué haces en mi coche?” No quería ser brusco porque, evidentemente no le interesaba perder la oportunidad de irse con semejante trofeo a su casa, aunque fuese por un malentendido. “Me envía Fran. No se fía de ti y quiere que me asegure de que tienes el material. Te hemos localizado por el servidor”. No tenía ni idea de quién era ese tal Fran, pero se imaginó que sería el tipo del cartel. “Esto es de locos”, pensó, “la que están liando por un póster”.

Ese tal Fran es un poco exagerado, ¿no?” Ella le miró como si hubiese dicho que La Tierra era cuadrada. “¿Exagerado? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¿Eres de hielo? Se trata de La Gata”

Gabriel decidió no seguir por ahí porque a ella parecía molestarle su actitud. Pensó que quizá se trataba de un importante coleccionista y se arrepintió de no haberle pedido más por aquel dichoso cartel.

Durante el trayecto, Gabriel no dejó de mirarle las piernas a la explosiva mujer y ella, consciente, se regodeaba en su consabido atractivo. Bajó el parasol y se miró en el espejo, o eso pensaba Gabriel hasta que ella, nerviosa, dijo: “Creo que nos han localizado. ¿Has seguido el procedimiento?”

Gabriel la miraba alucinado, ¿de qué hablaba aquella mujer? Evidentemente no podía ser de otra manera, era una loca, ¿de qué otra forma si no podría haber ocurrido algo así? Una rubia despampanante no entra en tu coche y te dice: “arranca” sin más. Por lo menos en su vida cotidiana y en la de sus colegas de farra, no era lo habitual.

¿Necesitas que te lleve a algún psiquiátrico o algo así?” La rubia le asesinó con la mirada: “Mira cielo, no estoy para bromitas. Vamos a por el material y hagámoslo lo antes posible porque dentro de cinco minutos vamos a tener a todos los chicos de Blasco encima de nosotros y, creéme, no va a ser agradable. ¿Ves ese Audi rojo? Es el coche de Montes, nos está siguiendo pero no hará nada hasta que recojamos el encargo. Habrá que darle esquinazo”.

Montes, Blasco…Gabriel no salía de su asombro. ¿Quién era toda esa gente?. Entró en la carretera de Barcelona dirección a Barajas pueblo. Al llegar a la salida que debían coger puso el intermitente y ella le dijo: “No. Continúa y entra en el aeropuerto”.

Hizo lo que la rubia le indicaba porque cayó en la cuenta de que probablemente aquel coche rojo sí les seguía. Empezó a ponerse muy nervioso. No podía creer lo que estaba sucediendo. Maldito día… 

Llegaron al desvío del aeropuerto y ella le indicó que entrase al parking de la T4. Así lo hizo. Subió las rampas a toda velocidad y vio cómo el Audi rojo se quedaba parado en una de las barreras de acceso, entonces ella le indicó: “aparca ahí y baja del coche, vamos no pierdas el tiempo y sígueme”. Hizo lo que la rubia le pedía pensando que quizá, fuese excesivo seguirla hasta el final por la ínfima posibilidad de un revolcón mañanero.

Entraron en la terminal y dieron unas cuantas vueltas, ella se cercioró de que habían dado esquinazo al tal Montes y volvieron al aparcamiento, pero a otro diferente del que habían salido. Entonces ella se acercó a un golf nuevo y forzó la cerradura. “Eh, eh, eh, que estás muy buena, pero esto ya sobrepasa mis límites”, dijo Gabriel.

“Vamos. Montes te ha visto y te localizará, ahora sabe que tú tienes La Gata, así que o subes conmigo o la palmas en la T4”, le respondió la rubia muy contundente.

Gabriel se quedó pálido. No pensaba morir por un póster. Subió al coche sin rechistar y ella arrancó bruscamente. Salió del parking a velocidad de vértigo. En cuanto estuvieron en la autovía, Gabriel tragó saliva aunque no pudo articular palabra.

“Bien, dame la dirección”, le instó ella con autoridad mientras conectaba el GPS. Gabriel, aturdido, no podía quitar los ojos de esas interminables piernas que comenzaban en los pedales del coche y terminaban Dios sabe en qué parte de su anatomía. Le indicó el camino y llegaron a su casa.

CONTINUARÁ…

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