Elvis ha abandonado el edificio

ojos2Disfrutaba cada sorbo de aquel reconfortante café. Aunque fría, era una mañana de esas que el sol intenta abrirse paso entre los pocos grados de humanidad de una muchedumbre empeñada en continuar un día más con sus rutinarias vidas.

Noviembre en la capital y Laura tiene que volver a la oficina. Cogió el móvil y puso su alarma. Mañana era el cumpleaños de Alejandra y no podía olvidarse. Se terminó su media hora de imaginaria evasión.

Se levantó de la silla en la barra y sus ojos aterrizaron sobre un libro que el chico de la cazadora negra que estaba saliendo por la puerta se dejaba olvidado junto a ella. Lo cogió y salió tras él. No le había visto la cara pero su espalda estuvo ante sus ojos aquella media hora de reconstituyente asueto.

“¡Perdona!”, dijo en voz lo suficientemente alta para que aquel desconocido se girara y ella pudiera ponerle cara a aquella magnífica trastienda.

“¿Si?” Laura enmudeció, siempre había sido muy tímida, a pesar de ser una chica muy atractiva. Aquellos ojos verdes enmarcados en el castaño de unos rizos de eterno colegial desarmaron su poca autoestima.

“Perdona”, repitió mientras su cerebro se colapsaba mirando aquellos carnosos y sonrientes labios. “Dime”, repitió él. Frío, serio y sobrado, sobrado de chicas que suspiraban por él a cada golpe de sonrisa.

“Nada, que creo que te has dejado el libro en la cafetería”

“Es tuyo, yo ya he acabado con él”

“¿Mío?”, preguntó Laura sonriendo y sintiéndose estúpida al notar cómo sus mejillas se calentaban de tal forma que ya debían haber alcanzado el grado de cocción.

“Sí”, afirmó él sonriendo por primera vez. No era una sonrisa abierta, era una sonrisa de suficiencia. Esa clase de sonrisa que no concebía un no por respuesta. La sonrisa de alguien acostumbrado a ganar. De las que te confirman que no sólo pareces estúpida si no que además lo eres por posicionarte como la enésima víctima en sus redes de seducción a lo largo de esa mañana.

“No es que te lo regale”, dijo riéndose, “es bookcrossing, ¿sabes?”. Laura puso cara de póker.

“A ver, guapa…” Comentó con una asquerosa condescendencia, “dejas el libro “olvidado” para que alguien lo recoja y continúe leyendo”.

Laura estaba absorta mirándole. “Eeeehhh, Tierra llamando a Marte…” Soltó chasqueando los dedos y riendo.

“Aaahhh, vale. Pues.. gracias”. Zanjó Laura al escuchar aquella insolente risotada que le confirmaba que era tonta. Acababan de estropearle la relajada mañana. ¡Pero era taaan guapo!

Laura regresó a la oficina con un sabor agridulce en la boca. Era el chico más sexy con el que había hablado nunca. Eso no admitía discusión, pero también era el más gilipollas. Sin duda un borde sin sentimientos, incapaz de querer ni dejarse querer. Laura se rió de su propia estupidez mientras giraba la llave y entraba en su despacho.

Después de quitarse el abrigo y dejar el bolso no pudo más que coger el dichoso libro. Lo miró.

“VUELTA DE ROSCA” se titulaba el ejemplar. Lo abrió por una hoja al azar y de ella cayó un papel. Lo recogió.

Por una cara había una dirección y una fecha: Claudio Coello, 23, 5º derecha; viernes 12 nov., 11:30. “Pero si ese es el portal de mi fisio, ¡qué casualidad!. Con lo grande que es Madrid…”. Pensó Laura en voz alta.

Por detrás de la nota, una frase: Elvis ha abandonado el edificio.

Le hizo gracia porque la famosa frase le recordó una divertida película que había visto con ese título. Intentó ponerse a trabajar.

A Laura le traicionaba siempre su imaginación. De cualquier pequeñez hacía una historia y aquella mañana se la pasó imaginándose al lector de ojos verdes en aquel piso de la calle Claudio Coello con una morena despampanante que había dado esquinazo a su marido. O con una amiga de instituto a la que no veía desde hacía siglos y celebraban entre sábanas, risas y Moët su reencuentro. O quizá fuera un amigo el de las sábanas… ¿sería gay?.

¿Por qué aquella historia siempre terminaba en la cama? Estaba claro que aquel chico de ojos verdes le había llegado a ese lugar entre el corazón y el estómago que tantas veces te quita el aliento.  Mañana es viernes 12, pensó. No, no. No estoy tan loca.

El viernes se puso un vestido de los que animan la mañana a los albañiles a su paso por un andamio. Minifalda de vértigo, tacón para perder el equilibrio y mucha autoestima. A lo mejor sólo tiene cita con el médico… Se repetía en un vano intento de quitarse la idea de la cabeza.

Eran las 10:30, sólo quedaba una hora para el encuentro y empezó a desechar el plan de hacerse la encontradiza. No podría soportar otra de sus miradas de desdén. Por dios, Laura, se repetía. Sólo le has visto una vez en tu vida. Aún así cogió su abrigo, aquel que no había conocido nunca la palabra discreción. Rojo fuego. Su larga melena rizada destacaba sobre un fondo de encendida pasión. Puso rumbo a la dirección de la nota. Estaba muy cerca de allí.

Enseguida se plantó en la calle Claudio Coello. El portal del 23 tan familiar para ella estaba abierto. Delante de la puerta un cubo con una fregona. El conserje no debía andar lejos. Decidió subir al 5º derecha. Esperaría en el rellano de la escalera y cuando le viera entrar bajaría, vigilaría desde la esquina y al verle salir de nuevo del portal iría a su encuentro. Era un plan perfecto. Las 11:25.

Laura esperaba sentada en el tramo de escaleras que conducen del quinto al sexto. Estaba nerviosa. Apagó su móvil. Se mordió las uñas. Miraba impaciente el viejo ascensor cada vez que éste iniciaba un viaje. Por fin se paró en el quinto. Laura se encogió un poco más en su posición. De nuevo aquellas espaldas que dibujaban la perfección.

Él se giró y pudo ver por un instante aquellos inolvidables ojos verdes. Llamó al timbre mientras ella observaba. Un hombre con traje abrió la puerta. Al verle, su cara y su acto reflejo de intentar cerrar de nuevo, revelaron delantándole el enorme terror que sintió. El chico de ojos verdes le preguntó “¿lo tienes?” El hombre retrocedió unos pasos negando con la cabeza. Laura no pudo evitar pensar que su cara le sonaba.

El chico de ojos verdes le empujó y allí mismo, en la entrada del piso, ante los horrorizados ojos de Laura, le apuñaló en el corazón.

Ella se quedó sin respiración. Se tapó la boca para no gritar. Sus ojos, histéricos, se llenaron de lágrimas de impotencia. Su corazón retumbaba en su pecho y en sus sienes, buscando un hueco por el que escapar.

El chico de ojos verdes cogió su móvil, marcó y se dispuso a hablar por él.

“Elvis ha abandonado el edificio” .  Le oyó decir la famosa frase con su sugerente voz. Estaba claro que todo aquello era un encargo y esta la controvertida contraseña que indicaba que el trabajo estaba realizado.

Podía verle por una rendija, no dejaba de caminar alrededor del cadáver de aquel hombre. Luego vió cómo, después de colgar, hacía una foto del cuerpo con su teléfono para dirigirse con paso firme hacia el ascensor.

Laura intentó no hacer ningún ruido mientras el asesino de ojos verdes esperaba que llegase el elevador. Éste se paró por fin en el quinto. Abrió la puerta y cuando estaba cerrándose, el siempre inoportuno móvil de Laura empezó a sonar. “¡Pero si lo he apagado!”, pensó nerviosa mientras lo buscaba en su bolso. Cuando lo encontró vió que era la alarma. Siempre suena, incluso con el teléfono apagado. Hoy era el cumpleaños de Alejandra.

El chico de ojos verdes ya estaba de pié delante de ella. Sus ojos ya no eran atractivos, helaban. Sus labios ya no eran carnosos, aterraban. Laura empezó a llorar.

“Por favor, no diré nada”

 “Sssshhhh”, dijo él mientras le tendía la mano para ayudarle a levantarse. “Por favor…” suplicaba Laura entre lágrimas. El chico de ojos verdes le pasó el brazo por los hombros y con su guante de cuero le dió un apretón tranquilizador mientras dirigía sus pasos hacia el quinto derecha.

Ella respiró un poco más tranquila, quizá fuera un agente secreto y el muerto un asesino… o tal vez se haya enamorado de mí…comenzó a maquinar su incansable cerebro… eso siempre pasa en las pelis…

Entraron en el piso y el chico de ojos verdes la giró hacia él. “Tienes unos ojos preciosos”, exclamó Laura entre el delirio y la consciencia mientras una bala del 38 penetraba en su sién derecha sin hacer el menor ruido.

A las dos horas subió el portero alarmado por los gritos de la octogenaria vecina del quinto izquierda y su ecuatoriana cuidadora. Encontraron dos cuerpos yaciendo sobre un enorme charco de sangre.

Enseguida el escenario se llenó de policias. Y de periodistas. Al día siguiente toda la prensa coincidía en un titular:

     “CRIMEN PASIONAL EN EL BARRIO SALAMANCA” 

Todo apunta a que los dos cadáveres hallados ayer en la Calle Claudio Coello de Madrid se deben a un crimen pasional. La joven Laura L.C., de 37 años, asesinó al empresario Luis Menéndez, de 36, y luego se suicidó. Al parecer la policía investigaba al exitoso empresario por sus conexiones con la mafia rusa.

Al joven se le había relacionado últimamente con la modelo internacional Karen Stwart motivo por el cual se cree que su supuesta novia Laura, en un ataque de celos, pudo matar a Luis con un cuchillo de grandes dimensiones quitándose después la vida.

El conserje de la finca ha confirmado que conocía a la joven de verla entrar en su portal todas las semanas.

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