Tacones Lejanos
Ni un solo par.
Cero.
Os parecerá extraño, pero dentro de mi inmenso surtido de zapatos no existe ni uno solo con menos de 8cm de tacón (los más altos tienen 15).
Sólo las tímidas Reebok se encuentran acorraladas en el ropero de la entrada y es que se me hacen absolutamente necesarias para salir de paseo con mi perro. Mi amigo es demasiado grande y demasiado impulsivo como para arriesgar mi integridad física cuando le acompaño en sus excursiones diarias. Mal que me pese.
Siempre he sabido que Dios inventó los tacones para que las pequeñas como yo pudiéramos auparnos a ver el mundo. Y así es en el fondo, pero no puedo negar que aparte de mi curiosidad por ver la vida desde una perspectiva más elevada, existe un altísimo componente de coquetería inherente a mi persona por los siglos de los siglos.
Pues esta mañana me he levantado curiosa y, subida a las vertiginosas y comodísimas cuñas de mis preciosas alpargatas de andar por casa (una nunca sabe cuándo el coche de Cayetano Rivera va a averiarse ante tu puerta), me he puesto a indagar en la historia de tan divino invento.
He leído muchas versiones y por supuesto yo sigo convencida de que se crearon por obra y gracia de una bondadosa deidad superior, pero en mi afán por aprender, he descubierto que existen numerosas explicaciones sobre su origen que en algunos casos se remontan al antiguo Egipto y que en otros no pasan de fechar su nacimiento en el siglo XV con menciones incluidas al mismísimo Da Vinci.
He encontrado infinidad de alusiones positivas y negativas, unas eran médicas, otras glamourosas, algunas fetichistas y numerosas históricas, pero la que más me ha llamado la atención ha sido la que llevó a Luis XVI a promulgar una ley contra su uso bajo amenaza de pena de muerte.
Durante el Siglo XVII, en el Parlamento Inglés se publicó un comunicado de su Majestad en el que se advertía lo siguiente:
“Toda mujer que, a través del uso de zapatos de tacón alto
u otra estratagema, conduzca a un súbdito de Su Majestad
al matrimonio, será castigada con la pena de brujería”.
Tras este inaudito descubrimiento me han entrado unas ganas locas de ir a comprarme unas sandalias. Altísimas, por supuesto.
Y es que no puedo negar que en el fondo me encanta pensar que soy una bruja.

10 mayo 2010 a 22:42
Yo mido 1.60. Y odio los tacones. Con eso te lo digo todo xD
11 mayo 2010 a 0:26
jeje, eso sólo confirma que algunas somos más brujas que otras… Yo hubiera muerto en la hoguera, sin duda.
11 mayo 2010 a 14:35
Yo también hubiera muerto en la hoguera, jajaja Me parece tremendo lo del parlamento inglés, pero ya sabemos lo excéntricos que son los ingleses: les viene incorporado por su pasado. Yo tengo una verdadera colección de zapatos con taconazo, pero desde que soy madre también he incorporado modelos fantásticos que no me elevan a las alturas, por una razón práctica. la ecuación niños-parque no es demasiado compatible con un taconazo de vértigo, pero reconozco que a mí me llaman más zapatos, bolsos, sombreros y accesorios que un vestidito de temporada, por muy divino que sea. Así que ya ves, si hubiera nacido en Inglaterra y en otra época estaría rustida como un pollo al ast!, jajaja
11 mayo 2010 a 17:09
¡Menudo aquelarre! jajaja. Sí, el binomio niños-taconazos no es muy aconsejable, a veces no hay más remedio que ir a lo práctico. Yo de momento me quedo con los tacones. Yo también soy más de accesorios, mi colección de pamelas en tan amplia que podría asistir a Ascot unas cuantas temporadas sin repetir sombrero.
Besos!
11 mayo 2010 a 16:59
Pues yo no tengo ni un par con tacón, creo que no pegaría mucho con mi traje y mi corbata jeje. Desde luego soy defensor de las brujas, donde esten unas piernas con tacones… Claro, siempre y cuando sepan llevarse.
besos
11 mayo 2010 a 17:13
jajaja, sí, para andar como un pato mejor no subirse a los andamios… No, yo tampoco veo la combinación traje-corbata-tacones. Pero oye, nunca se sabe, lo mismo creas tendencia jajaja.
Besos!
12 mayo 2010 a 18:12
Hola, te escribo para decirle que si puedo ver sus comentarios, muchas gracias por visitarme. Ahora mismo no puedo, pero en cuento tenga algo más de tiempo curioseare por su blog, así que me despido, por ahora. Nos leemos.
12 mayo 2010 a 18:14
Me alegra saber que por fin aparecen, estos días atrás no se publicaban. Gracias por comunicármelo y sea bienvenido cuando sus ocupaciones se lo permitan.
Saludos.
13 mayo 2010 a 13:33
Estoy contigo en que subirse a unos grandes tacones es una maravilla seas pequeña o mediana de estatura. Ese toque tan atractivo y femenino que da el andar sobre ellos y que siempre han “hechizado” a los hombres ( hoy no lo sé) es lo que seguramente hace que tachasen de brujería, pura envidia o celos.
Pero también tengo que decirte que efctivamente en el plano médico todo eso pasa factura. En la actualidad tengo mis zapatones para pasear a la fiera y con mi marido, pero en reserva sigo teniendo los famosos pares para las ocasiones. Un beso
13 mayo 2010 a 19:58
Yo pienso que los tacones hechizarán a los hombres por los siglos de los siglos. Yo hasta que no me los pongo no me siento vestida, la verdad. Estoy tan acostumbrada a ellos que cuando voy con zapatillas de deporte me siento rara. Aunque estoy contigo en que para pasear con las fieras (llámese marido, niños, mascota o todas a la vez) es imprescindible bajarse a planos más terrenales.
Besos!
20 mayo 2010 a 2:54
soy fetichista de los zapatos, faltan fotos..
20 mayo 2010 a 5:42
Vaya… nunca llueve a gusto de todos, Jordim
.
Gracias por visitarme y comentar, te leeré…